sábado, 11 de abril de 2026




Cuando era niño, en las calles estrechas y calurosas de la Habana Vieja, mi madre me llevaba de la mano hacia la esquina de Teniente Rey y Compostela. Yo, con mis pasos cortos y curiosos, sentía cómo el mundo se transformaba al acercarnos a la Droguería Sarrá. El aire se espesaba antes incluso de ver el gran portal: primero llegaba el olor a anís estrellado, penetrante y dulce, que se mezclaba con la canela molida, cálida y envolvente, como si la propia ciudad respirara especias antiguas traídas por vientos catalanes. Luego venían los efluvios mentolados, frescos y punzantes, que se abrían paso entre nubes de alcohol etílico y esencias de hierbas maceradas. Mis pasos se ralentizaban deliberadamente; tiraba suavemente de su mano para ganar unos segundos más en aquella atmósfera alquímica y mágica que convertía la simple caminata en un ritual secreto.

Dentro, la Droguería Sarrá no era solo una farmacia: era un laberinto de estanterías de caoba que se perdían hacia lo alto, gabinetes con puertas de vidrio que reflejaban infinitos frascos de porcelana azul y blanca, morteros de bronce que parecían esperar una invocación. Recuerdo cómo mi madre pedía alguna medicina o un jarabe, y yo me perdía contemplando las etiquetas doradas, los tarros que contenían la Magnesia Sarrá o esencias que prometían curar todo mal. El suelo de pequeños mosaicos (penny tiles) crujía bajo mis zapatos, y el aire, denso de olores, me hacía sentir como si hubiera cruzado un umbral hacia otro siglo. Aquellos aromas —anís, canela, mentol, alcohol— no eran simples olores; eran portales. Cada inhalación me transportaba a un mundo donde los catalanes Valentín Catalá Pradell y José Sarrá Valldejulí, llegados en 1853 con cincuenta mil pesos y la fe de los emigrantes, habían fundado “La Reunión” junto a un pozo de agua pura que, según la leyenda, confería poderes especiales a sus preparados.

Yo no sabía entonces que aquella botica había formado a más de cien farmacéuticos en sus laboratorios, ni que Ernesto Sarrá, hijo y heredero, había expandido el emporio hasta ocupar casi una manzana completa con fábricas de jabones, perfumes, insecticidas y hasta una sección de “Atracciones Sarrá” donde regalaban frascos de esencias a los mejores clientes e invitaban a merendar. Para mí era simplemente el lugar donde el tiempo se detenía. Mientras esperábamos, imaginaba que los frascos contenían no solo remedios, sino fragmentos de vidas habaneras: el bálsamo que alivió fiebres en la época colonial, el perfume que endulzó los gabinetes de baños de las familias acomodadas (como el agua de violetas Agustín Reyes o el jabón de Castilla que mencionaban en los recuerdos de infancia de otros), las materias primas que surtían dulcerías y panaderías de toda la isla.

A veces, mi madre me permitía acercarme a un mostrador y oler una muestra de loción o una bolsita de hierbas. El olor a alcohol puro se elevaba limpio y ardiente, mezclándose con la canela que flotaba desde algún rincón donde preparaban infusiones. Yo cerraba los ojos y el mundo se volvía infinito: cada frasco era una bifurcación posible, un universo borgiano donde el remedio contra la tos podía convertirse en elixir de longevidad, o donde el simple acto de comprar un ungüento conectaba mi mano infantil con las manos de los boticarios que, décadas atrás, habían recibido el Escudo de Armas Reales del rey Alfonso XII. La Droguería Sarrá era, en mi memoria, un Aleph olfativo: todos los tiempos y todos los olores concentrados en un solo punto de la Habana Vieja.

Hoy, cuando evoco aquellos paseos, la nostalgia se vuelve proustiana. El sabor de una madeleine no es nada comparado con el aroma imaginado de aquel anís estrellado que todavía, en los recovecos de mi memoria, me hace ralentizar el paso aunque camine solo por otras ciudades. La realidad se pliega: el esplendor de la segunda droguería más grande del mundo (solo superada por la Johnson norteamericana), con sus 46 edificios y cientos de empleados, coexiste con la imagen actual del museo, donde los gabinetes impresionantes sobreviven como cápsulas del tiempo. Los sucesos históricos giran alrededor como en un orbe metafísico: la nacionalización tras 1959, la decadencia de las farmacias cubanas, el contraste cruel con las estanterías vacías de hoy, y sin embargo, el pozo de agua pura bajo el suelo sigue susurrando su secreto.

En aquella atmósfera mágica de mi niñez, el infinito se detenía en cada tarro de porcelana, en cada reflejo de los vitrales polvorientos. Y al final, como siempre, quedamos ante el minimalismo existencial extremo de los hombres y mujeres que la habitaron y la habitan: figuras diminutas tomadas de la mano de sus madres, respirando olores alquímicos, buscando en vano el elixir contra la finitud mientras el laberinto de caoba y vidrio los observa con serena, poética indiferencia.

viernes, 10 de abril de 2026

 


Soñé que era Adam Buenosaires, pero un Adam Buenosaires derrotado de antemano, como todos lo estamos, como todo lo estaba ya en aquella Habana del setenta que no era más que una carcasa de ciudad deshaciéndose con su propio delirio. Caminaba por la calle Obispo como quien desciende al único pozo que merece la pena: el que no tiene fondo, el que no tiene salida, el que no tiene leche. Cada baldosa era una lápida sin nombre, cada_portal_ una boca que ya no besa nada. Iba rumbo al parque de los Capitanes Generales, sí, lleno de estatuas de próceres muertos gobernando sobre vivos que no sabían que lo estaban, más allá, hasta la Ceiba del Templete donde se supone que todo comenzó —pero nada comienza, nada, todo es siempre la misma náusea con distinto maquillaje—, más allá, donde el tiempo no simplemente pasa: se licúa, se pudre, se hace agua entre los dedos como aquellas promesas que nos escupían desde los altavoces montados sobre autos que olían a gasolina quemada y a miedo institucional.

Porque entonces llegaban. Siempre llegaban. Esos automóviles negros, quizás blancos o verde olivo —el color de la tristeza convertida en uniforme— que circulaban como carroñas mecánicas por las calles angostas, y de sus altavoces brotaba una voz que no era voz, era un lamento disfrazado de victoria, una amenaza envuelta en celofán de esperanza. "¡Todos a la Plaza de la Revolución este primero de mayo!", gritaba la voz con esa convicción que solo produce el vacío absoluto. "¡El imperialismo yanqui no pasará!", "¡Patria o muerte!", y otras fórmulas que ya habíamos aprendido a dejar de escuchar del mismo modo que se deja de oír el ruido del refrigerador: sigue ahí, sigues dentro de él, pero ya tu cerebro se negaba a registrar que te estás pudriendo lentamente a treinta y dos grados centígrados. Los autos pasaban y la gente seguía caminando con esa dignidad de quien ha comprendido que la dignidad es otra jaula más elegante. Nadie corría hacia la Plaza. Nadie corría hacia ningún lado. ¿Hacia dónde correr cuando la revolución te ha convertido en el territorio mismo que se supone debes defender? Era uno de esos atardeceres habaneros que no pintó nadie porque no hay lienzo capaz de soportar tanta fealdad hermosa. Se pegaba a la piel como un sueño incompleto, como una promesa de amor hecha por alguien que ya estaba pensando en otra cosa mientras la decía. El sol caía sobre los edificios derruidos con la delicadeza de quien administra la última dosis de una droga que ya no produce efecto pero que uno se inyecta por pura inercia existencial. Y yo, con el alma hecha jirones —no de idealismo marxista, no me engañemos, el idealismo marxista se había evaporado hacía mucho, lo que quedaba era la carcasa del idealismo, como queda la piel de la serpiente colgada de una rama, tan perfecta que parece la serpiente misma pero que no se mueve, no muerde, no vive—, andaba con fragmentos de radio clandestina martilleándome el cráneo. Esa voz de Los Beatles filtrada por interferencias, cruzando el golfo como quien cruza una frontera sin documentos, cantando "Yesterday" como un pecado privado, como el único acto de rebelión que me quedaba: escuchar una canción de amor inglesa mientras la voz del altavoz me exigía odio en español. "Yesterday, all my troubles seemed so far away", y sí, yesterday, pero el yesterday era precisamente lo que nos habían prohibido, lo que nos habían arrancado, lo que nos habían reemplazado con un hoy eterno, presente perpetuo, infinito sin salida, ese presente que es la verdadera condena porque al menos el futuro puede mentirte y el pasado puede consolarte, pero el presente, el presente puro, el presente sin fugas, es la cámara de tortura definitiva.

La Giraldilla, allá arriba en la Fortaleza de la Fuerza, giraba en su vals eterno con los vientos atlánticos que traían ecos mediterráneos —porque todo en esta isla viene de otra parte y todo niega venir de otra parte, esa es la doble mentira fundacional—, como si danzara sobre la tumba de todos los héroes que nunca fuimos. Giraba y giraba, esa mujer de bronce convertida en veleta, en metáfora oxidada, en el único bailarín de una ciudad que había olvidado cómo se baila. Los héroes, pensemos en los héroes un momento: ¿qué son sino hombres a los que la muerte sorprendió antes de que pudieran convertirse en cobardes? La Giraldilla giraba sobre ellos con una indiferencia tan perfecta que casi se podía confundir con la belleza. Casi.

Y entonces la vi. Y entonces la vi como se ve la última cosa que importará antes de que todo vuelva a no importar. La vi entre la humedad y las consignas y los autos con altavoces que ya pasaban por otra calle repitiendo el mismo mantra, la misma letanía, el mismo susurro ensordecedor de una revolución que ya no sabía hacia dónde revolucionar pero que no podía dejar de girar, como la Giraldilla, como todo, como yo mismo bajando por Obispo como quien baja por la garganta de un animal que ya dejó de masticar. La vi y supe —con esa certeza que solo da la derrota absoluta— que ella era la respuesta a la pregunta que no había sabido formular, lo cual, si se piensa bien, es la única forma en que las respuestas llegan nunca: respondiendo preguntas que nunca existieron.

El altavoz, ya lejos, seguía repitiendo: "¡Todos a la Plaza!". Pero nadie iba. Nadie.

Y en ese nadie, en ese silencio colectivo que era la forma más sofisticada de gritar, estaba contenida toda la verdad que those años setentas no podían pronunciar. La revolución había ganado y no sabía qué hacer con la victoria. Nosotros la habíamos perdido y no sabíamos qué hacer con la derrota. Y en ese empate ridículo, en ese tablero donde nadie se movía pero todos fingían jugar, caminaba yo —Adam Buenosayres, o su cadáver, o su sueño, da igual— por una calle que descendía hacia ninguna parte mientras una mujer que aún no conocía me esperaba en el único lugar al que valía la pena no llegar.

Y los autos seguían pasando. Y la Giraldilla seguía girando. Y los Beatles seguían sonando dentro de mi cabeza como la banda sonora de un mundo que se había negado a existir. Y yo seguía caminando. Qué otra cosa podía hacer.


El "Esperanza"

 El "Esperanza"



El Malecón de La Habana se extiende como una columna vertebral de piedra frente al mar. Una cicatriz luminosa que separa el agua del mundo habitado. Los atardeceres doran el concreto con un resplandor cálido. El viento caribeño trae consigo el olor espeso del salitre. De los bares cercanos, el olor del tabaco curado y de historias de amor apenas dichas. Las hileras de botes flotan alineados en cientos de metros. Un espectáculo que contrasta con el muro blanco del Malecón y el azul del mar. Esa imagen perdura en mí, no en píxeles ni papel. Si no en esa región secreta del alma donde el lenguaje toca el infinito. Siempre he soñado con algún día volver a caminar ese Malecón, mejor dicho, aquel Malecón —en sueño, en pasado, o en carne—. Ver el resplandor oculto entre los botes… y saber que ya estuve allí antes. En las noches cerraba los ojos y recreaba sus disímiles modelos y colores. Entre un vaivén y otro flotan suavemente a la espera de sus dueños. Marinos que llegan enamorados del salitre. Con el albor de la mañana. 

Más allá, en el canal navegable, a la salida de la bahía, flota, con demasiada serenidad, la boya de la entrada. Carcomida por incrustaciones de percebes y balanos; ascidias y algas, pareciera olvidar la bella ciudad tras de sí.  Ante mí, la Bahía se convierte en un  flotante de botes. Un sueño recurrente. Decenas… o cientos de pequeñas embarcaciones de madera. Unas nuevas, otras desgastadas por los años, pero aún vivas. Con nombres pintados a mano: Esperanza, La Chiquita, San Lázaro, Rebelde, Mi Alma. Sus colores son suaves ya. Cómo sus dueños, quemadas por el sol: capas superpuestas de azul desteñido, rojo oxidado, amarillo polvoriento. Algunas tienen remiendos de metal, otros parches con chapa, lonas o plástico reutilizado. Cada bote está atado al Malecón por sogas trenzadas como cabelleras marinas. Pero más allá de sus amarres, están tocándose entre sí, borda con borda. Sus costillas de madera acariciándose como cuerpos dormidos.  Maderas que gimen en una canción, a veces solitaria, quizás colectiva. Desde la altura del Castillo de la Fuerza, cuando vamos doblando por El Templete, parecen una alfombra flotante sobre la superficie del agua. Una pista improvisada que conecta la costa con horizonte.  

Y sí… puede caminarse sobre ellos. Decía abuelo muy serio. Los niños lo hacen todo riendo. Los hombres de rostro curtido pasan de uno a otro sin tambalear.  

Los pies de abuelo pisan tapas de cajas de madera, redes enrolladas, sogas en montículo, cubos llenos de carnada fresca. En ocasiones abuela decía que los botes están hilados como cuentas de un rosario oceánico. Y el vaivén suave del mar no los separa: los une más. Los hace bailar lento juntos, como viejos amigos que conocen el mismo secreto. En el aire hay gaviotas, polvo de sal, y una música lejana que se confunde con el rumor del agua. Un pescador silba. Otro fuma despacio. En mi recuerdo el tiempo no avanza: colapsa, y se contiene. El tiempo, siempre, es un eco vivo de mi memoria.  Un fragmento flotante de un alma colectiva encallada en las aguas dulces del recuerdo. 

Aquella mañana abuelo me llevó con el de pesca. Fue un día emocionante. Estaba prohibido que los menores salieran al mar abierto. Solo vi un estrechón de manos cómplice entre dos viejos luchadores y ponerme un raído sombrero de yarey y una camisa vieja. El día fue, entre sedales, anzuelos, carnadas y un fuerte sol, muy monótono. Pero también alucinante mientras descubría rincones y herramientas desconocidas en el viejo bote. Mientras nos alejamos, la ciudad de La Habana se convirtió en el más bello horizonte que recuerdo. Regresamos al anochecer. El bote surcaba el profundo veril como una gota más de agua, deslizándose en la oscuridad lustrosa del mar. Entre olas y espumas, crecían resplandores de luces de neón capaces de hipnotizar a sirenas y marinos. Entramos lentamente en la bella bahía con forma de bolsa. El Faro del Morro coronaba la vieja fortaleza y emitía sus brillantes destellos de luz refulgente. Era como un emblema habanero, que el paso del tiempo no le hubiera dejado desgastes que lo hubiese empañado.  La ciudad, en mi mente de niño, me parecía inmensa. Sola en el vacío de la noche. Como nunca, tenía un aspecto imponente en medio de las tinieblas. A lo lejos el aviso de un barco. En la frontera de la noche, abuelo atracaba su bote cerca del muro del Malecón. A la luz de un bombillo, de los cercanos faroles de los autos, sus cláxon y las lejanas músicas de vitrolas. 

Era enero de cincuenta y nueve. Todo se vuelve cielo de noche sin luna. Con el tiempo muchos botes fueron confiscaron. Las maderas del bote Esperanza, y el recuerdo de abuelo, se disuelven, pero aun mi memoria lo contienen. No hay agua debajo de él, sino estrellas líquidas, un mar hecho de constelaciones que chispean al contacto.