Cuando era niño, en las calles estrechas y calurosas de la Habana Vieja, mi madre me llevaba de la mano hacia la esquina de Teniente Rey y Compostela. Yo, con mis pasos cortos y curiosos, sentía cómo el mundo se transformaba al acercarnos a la Droguería Sarrá. El aire se espesaba antes incluso de ver el gran portal: primero llegaba el olor a anís estrellado, penetrante y dulce, que se mezclaba con la canela molida, cálida y envolvente, como si la propia ciudad respirara especias antiguas traídas por vientos catalanes. Luego venían los efluvios mentolados, frescos y punzantes, que se abrían paso entre nubes de alcohol etílico y esencias de hierbas maceradas. Mis pasos se ralentizaban deliberadamente; tiraba suavemente de su mano para ganar unos segundos más en aquella atmósfera alquímica y mágica que convertía la simple caminata en un ritual secreto.
Dentro, la Droguería Sarrá no era solo una farmacia: era un laberinto de estanterías de caoba que se perdían hacia lo alto, gabinetes con puertas de vidrio que reflejaban infinitos frascos de porcelana azul y blanca, morteros de bronce que parecían esperar una invocación. Recuerdo cómo mi madre pedía alguna medicina o un jarabe, y yo me perdía contemplando las etiquetas doradas, los tarros que contenían la Magnesia Sarrá o esencias que prometían curar todo mal. El suelo de pequeños mosaicos (penny tiles) crujía bajo mis zapatos, y el aire, denso de olores, me hacía sentir como si hubiera cruzado un umbral hacia otro siglo. Aquellos aromas —anís, canela, mentol, alcohol— no eran simples olores; eran portales. Cada inhalación me transportaba a un mundo donde los catalanes Valentín Catalá Pradell y José Sarrá Valldejulí, llegados en 1853 con cincuenta mil pesos y la fe de los emigrantes, habían fundado “La Reunión” junto a un pozo de agua pura que, según la leyenda, confería poderes especiales a sus preparados.
Yo no sabía entonces que aquella botica había formado a más de cien farmacéuticos en sus laboratorios, ni que Ernesto Sarrá, hijo y heredero, había expandido el emporio hasta ocupar casi una manzana completa con fábricas de jabones, perfumes, insecticidas y hasta una sección de “Atracciones Sarrá” donde regalaban frascos de esencias a los mejores clientes e invitaban a merendar. Para mí era simplemente el lugar donde el tiempo se detenía. Mientras esperábamos, imaginaba que los frascos contenían no solo remedios, sino fragmentos de vidas habaneras: el bálsamo que alivió fiebres en la época colonial, el perfume que endulzó los gabinetes de baños de las familias acomodadas (como el agua de violetas Agustín Reyes o el jabón de Castilla que mencionaban en los recuerdos de infancia de otros), las materias primas que surtían dulcerías y panaderías de toda la isla.
A veces, mi madre me permitía acercarme a un mostrador y oler una muestra de loción o una bolsita de hierbas. El olor a alcohol puro se elevaba limpio y ardiente, mezclándose con la canela que flotaba desde algún rincón donde preparaban infusiones. Yo cerraba los ojos y el mundo se volvía infinito: cada frasco era una bifurcación posible, un universo borgiano donde el remedio contra la tos podía convertirse en elixir de longevidad, o donde el simple acto de comprar un ungüento conectaba mi mano infantil con las manos de los boticarios que, décadas atrás, habían recibido el Escudo de Armas Reales del rey Alfonso XII. La Droguería Sarrá era, en mi memoria, un Aleph olfativo: todos los tiempos y todos los olores concentrados en un solo punto de la Habana Vieja.
Hoy, cuando evoco aquellos paseos, la nostalgia se vuelve proustiana. El sabor de una madeleine no es nada comparado con el aroma imaginado de aquel anís estrellado que todavía, en los recovecos de mi memoria, me hace ralentizar el paso aunque camine solo por otras ciudades. La realidad se pliega: el esplendor de la segunda droguería más grande del mundo (solo superada por la Johnson norteamericana), con sus 46 edificios y cientos de empleados, coexiste con la imagen actual del museo, donde los gabinetes impresionantes sobreviven como cápsulas del tiempo. Los sucesos históricos giran alrededor como en un orbe metafísico: la nacionalización tras 1959, la decadencia de las farmacias cubanas, el contraste cruel con las estanterías vacías de hoy, y sin embargo, el pozo de agua pura bajo el suelo sigue susurrando su secreto.
En aquella atmósfera mágica de mi niñez, el infinito se detenía en cada tarro de porcelana, en cada reflejo de los vitrales polvorientos. Y al final, como siempre, quedamos ante el minimalismo existencial extremo de los hombres y mujeres que la habitaron y la habitan: figuras diminutas tomadas de la mano de sus madres, respirando olores alquímicos, buscando en vano el elixir contra la finitud mientras el laberinto de caoba y vidrio los observa con serena, poética indiferencia.






