viernes, 10 de abril de 2026

El "Esperanza"

 El "Esperanza"



El Malecón de La Habana se extiende como una columna vertebral de piedra frente al mar. Una cicatriz luminosa que separa el agua del mundo habitado. Los atardeceres doran el concreto con un resplandor cálido. El viento caribeño trae consigo el olor espeso del salitre. De los bares cercanos, el olor del tabaco curado y de historias de amor apenas dichas. Las hileras de botes flotan alineados en cientos de metros. Un espectáculo que contrasta con el muro blanco del Malecón y el azul del mar. Esa imagen perdura en mí, no en píxeles ni papel. Si no en esa región secreta del alma donde el lenguaje toca el infinito. Siempre he soñado con algún día volver a caminar ese Malecón, mejor dicho, aquel Malecón —en sueño, en pasado, o en carne—. Ver el resplandor oculto entre los botes… y saber que ya estuve allí antes. En las noches cerraba los ojos y recreaba sus disímiles modelos y colores. Entre un vaivén y otro flotan suavemente a la espera de sus dueños. Marinos que llegan enamorados del salitre. Con el albor de la mañana. 

Más allá, en el canal navegable, a la salida de la bahía, flota, con demasiada serenidad, la boya de la entrada. Carcomida por incrustaciones de percebes y balanos; ascidias y algas, pareciera olvidar la bella ciudad tras de sí.  Ante mí, la Bahía se convierte en un  flotante de botes. Un sueño recurrente. Decenas… o cientos de pequeñas embarcaciones de madera. Unas nuevas, otras desgastadas por los años, pero aún vivas. Con nombres pintados a mano: Esperanza, La Chiquita, San Lázaro, Rebelde, Mi Alma. Sus colores son suaves ya. Cómo sus dueños, quemadas por el sol: capas superpuestas de azul desteñido, rojo oxidado, amarillo polvoriento. Algunas tienen remiendos de metal, otros parches con chapa, lonas o plástico reutilizado. Cada bote está atado al Malecón por sogas trenzadas como cabelleras marinas. Pero más allá de sus amarres, están tocándose entre sí, borda con borda. Sus costillas de madera acariciándose como cuerpos dormidos.  Maderas que gimen en una canción, a veces solitaria, quizás colectiva. Desde la altura del Castillo de la Fuerza, cuando vamos doblando por El Templete, parecen una alfombra flotante sobre la superficie del agua. Una pista improvisada que conecta la costa con horizonte.  

Y sí… puede caminarse sobre ellos. Decía abuelo muy serio. Los niños lo hacen todo riendo. Los hombres de rostro curtido pasan de uno a otro sin tambalear.  

Los pies de abuelo pisan tapas de cajas de madera, redes enrolladas, sogas en montículo, cubos llenos de carnada fresca. En ocasiones abuela decía que los botes están hilados como cuentas de un rosario oceánico. Y el vaivén suave del mar no los separa: los une más. Los hace bailar lento juntos, como viejos amigos que conocen el mismo secreto. En el aire hay gaviotas, polvo de sal, y una música lejana que se confunde con el rumor del agua. Un pescador silba. Otro fuma despacio. En mi recuerdo el tiempo no avanza: colapsa, y se contiene. El tiempo, siempre, es un eco vivo de mi memoria.  Un fragmento flotante de un alma colectiva encallada en las aguas dulces del recuerdo. 

Aquella mañana abuelo me llevó con el de pesca. Fue un día emocionante. Estaba prohibido que los menores salieran al mar abierto. Solo vi un estrechón de manos cómplice entre dos viejos luchadores y ponerme un raído sombrero de yarey y una camisa vieja. El día fue, entre sedales, anzuelos, carnadas y un fuerte sol, muy monótono. Pero también alucinante mientras descubría rincones y herramientas desconocidas en el viejo bote. Mientras nos alejamos, la ciudad de La Habana se convirtió en el más bello horizonte que recuerdo. Regresamos al anochecer. El bote surcaba el profundo veril como una gota más de agua, deslizándose en la oscuridad lustrosa del mar. Entre olas y espumas, crecían resplandores de luces de neón capaces de hipnotizar a sirenas y marinos. Entramos lentamente en la bella bahía con forma de bolsa. El Faro del Morro coronaba la vieja fortaleza y emitía sus brillantes destellos de luz refulgente. Era como un emblema habanero, que el paso del tiempo no le hubiera dejado desgastes que lo hubiese empañado.  La ciudad, en mi mente de niño, me parecía inmensa. Sola en el vacío de la noche. Como nunca, tenía un aspecto imponente en medio de las tinieblas. A lo lejos el aviso de un barco. En la frontera de la noche, abuelo atracaba su bote cerca del muro del Malecón. A la luz de un bombillo, de los cercanos faroles de los autos, sus cláxon y las lejanas músicas de vitrolas. 

Era enero de cincuenta y nueve. Todo se vuelve cielo de noche sin luna. Con el tiempo muchos botes fueron confiscaron. Las maderas del bote Esperanza, y el recuerdo de abuelo, se disuelven, pero aun mi memoria lo contienen. No hay agua debajo de él, sino estrellas líquidas, un mar hecho de constelaciones que chispean al contacto.

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