Soñé que era Adam Buenosaires, pero un Adam Buenosaires derrotado de antemano, como todos lo estamos, como todo lo estaba ya en aquella Habana del setenta que no era más que una carcasa de ciudad deshaciéndose con su propio delirio. Caminaba por la calle Obispo como quien desciende al único pozo que merece la pena: el que no tiene fondo, el que no tiene salida, el que no tiene leche. Cada baldosa era una lápida sin nombre, cada_portal_ una boca que ya no besa nada. Iba rumbo al parque de los Capitanes Generales, sí, lleno de estatuas de próceres muertos gobernando sobre vivos que no sabían que lo estaban, más allá, hasta la Ceiba del Templete donde se supone que todo comenzó —pero nada comienza, nada, todo es siempre la misma náusea con distinto maquillaje—, más allá, donde el tiempo no simplemente pasa: se licúa, se pudre, se hace agua entre los dedos como aquellas promesas que nos escupían desde los altavoces montados sobre autos que olían a gasolina quemada y a miedo institucional.
Porque entonces llegaban. Siempre llegaban. Esos automóviles negros, quizás blancos o verde olivo —el color de la tristeza convertida en uniforme— que circulaban como carroñas mecánicas por las calles angostas, y de sus altavoces brotaba una voz que no era voz, era un lamento disfrazado de victoria, una amenaza envuelta en celofán de esperanza. "¡Todos a la Plaza de la Revolución este primero de mayo!", gritaba la voz con esa convicción que solo produce el vacío absoluto. "¡El imperialismo yanqui no pasará!", "¡Patria o muerte!", y otras fórmulas que ya habíamos aprendido a dejar de escuchar del mismo modo que se deja de oír el ruido del refrigerador: sigue ahí, sigues dentro de él, pero ya tu cerebro se negaba a registrar que te estás pudriendo lentamente a treinta y dos grados centígrados. Los autos pasaban y la gente seguía caminando con esa dignidad de quien ha comprendido que la dignidad es otra jaula más elegante. Nadie corría hacia la Plaza. Nadie corría hacia ningún lado. ¿Hacia dónde correr cuando la revolución te ha convertido en el territorio mismo que se supone debes defender? Era uno de esos atardeceres habaneros que no pintó nadie porque no hay lienzo capaz de soportar tanta fealdad hermosa. Se pegaba a la piel como un sueño incompleto, como una promesa de amor hecha por alguien que ya estaba pensando en otra cosa mientras la decía. El sol caía sobre los edificios derruidos con la delicadeza de quien administra la última dosis de una droga que ya no produce efecto pero que uno se inyecta por pura inercia existencial. Y yo, con el alma hecha jirones —no de idealismo marxista, no me engañemos, el idealismo marxista se había evaporado hacía mucho, lo que quedaba era la carcasa del idealismo, como queda la piel de la serpiente colgada de una rama, tan perfecta que parece la serpiente misma pero que no se mueve, no muerde, no vive—, andaba con fragmentos de radio clandestina martilleándome el cráneo. Esa voz de Los Beatles filtrada por interferencias, cruzando el golfo como quien cruza una frontera sin documentos, cantando "Yesterday" como un pecado privado, como el único acto de rebelión que me quedaba: escuchar una canción de amor inglesa mientras la voz del altavoz me exigía odio en español. "Yesterday, all my troubles seemed so far away", y sí, yesterday, pero el yesterday era precisamente lo que nos habían prohibido, lo que nos habían arrancado, lo que nos habían reemplazado con un hoy eterno, presente perpetuo, infinito sin salida, ese presente que es la verdadera condena porque al menos el futuro puede mentirte y el pasado puede consolarte, pero el presente, el presente puro, el presente sin fugas, es la cámara de tortura definitiva.
La Giraldilla, allá arriba en la Fortaleza de la Fuerza, giraba en su vals eterno con los vientos atlánticos que traían ecos mediterráneos —porque todo en esta isla viene de otra parte y todo niega venir de otra parte, esa es la doble mentira fundacional—, como si danzara sobre la tumba de todos los héroes que nunca fuimos. Giraba y giraba, esa mujer de bronce convertida en veleta, en metáfora oxidada, en el único bailarín de una ciudad que había olvidado cómo se baila. Los héroes, pensemos en los héroes un momento: ¿qué son sino hombres a los que la muerte sorprendió antes de que pudieran convertirse en cobardes? La Giraldilla giraba sobre ellos con una indiferencia tan perfecta que casi se podía confundir con la belleza. Casi.
Y entonces la vi. Y entonces la vi como se ve la última cosa que importará antes de que todo vuelva a no importar. La vi entre la humedad y las consignas y los autos con altavoces que ya pasaban por otra calle repitiendo el mismo mantra, la misma letanía, el mismo susurro ensordecedor de una revolución que ya no sabía hacia dónde revolucionar pero que no podía dejar de girar, como la Giraldilla, como todo, como yo mismo bajando por Obispo como quien baja por la garganta de un animal que ya dejó de masticar. La vi y supe —con esa certeza que solo da la derrota absoluta— que ella era la respuesta a la pregunta que no había sabido formular, lo cual, si se piensa bien, es la única forma en que las respuestas llegan nunca: respondiendo preguntas que nunca existieron.
El altavoz, ya lejos, seguía repitiendo: "¡Todos a la Plaza!". Pero nadie iba. Nadie.
Y en ese nadie, en ese silencio colectivo que era la forma más sofisticada de gritar, estaba contenida toda la verdad que those años setentas no podían pronunciar. La revolución había ganado y no sabía qué hacer con la victoria. Nosotros la habíamos perdido y no sabíamos qué hacer con la derrota. Y en ese empate ridículo, en ese tablero donde nadie se movía pero todos fingían jugar, caminaba yo —Adam Buenosayres, o su cadáver, o su sueño, da igual— por una calle que descendía hacia ninguna parte mientras una mujer que aún no conocía me esperaba en el único lugar al que valía la pena no llegar.
Y los autos seguían pasando. Y la Giraldilla seguía girando. Y los Beatles seguían sonando dentro de mi cabeza como la banda sonora de un mundo que se había negado a existir. Y yo seguía caminando. Qué otra cosa podía hacer.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario